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Ricardo Elias

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La Nave México

De cara al 2018, año de elecciones presidenciales en México, todo mundo centra sus preocupaciones en los candidatos que aparecerán en la boleta electoral.Hasta ahora, el único candidato definido es el de Morena, es decir, Andrés Manuel López Obrador, quien debido a la campaña presidencial permanente que desde hace años lleva y al descontento generalizado con el actual gobierno, es, al menos hasta ahora, el que tiene más probabilidades para ganar.
Lo anterior es motivo de preocupación no sólo para los demás partidos políticos, sino para la mayoría del sector empresarial que lo ve como un verdadero “peligro para México”, al comparar su discurso populista y su “Proyecto de Nación” con las falsas y utópicas promesas de la revolución bolivariana de Chávez y Maduro en Venezuela, que con el único fin de acceder al poder abusaron de la ignorancia y necesidades apremiantes de los más pobres, culpando a los ricos de todos sus males, convirtiendo en poco tiempo al otrora pujante y rico país petrolero en uno de los peores caos sociales y económicos del mundo.
Aunque varias de las principales propuestas del “Proyecto de Nación” de López Obrador son, en mi opinión, contrarias al interés nacional y sólo tienen fines electoreros (como la de dar marcha atrás a la Reforma Educativa) y otras caen en la categoría de mentiras o buenos deseos (como la promesa de acabar con la corrupción que todos los partidos y todos los gobiernos en turno hacen, pero no concretan), lo que hay que reconocerle es que, nos guste el contenido o no, sea factible o no, tiene un Proyecto de Nación deseable para la mayoría, preciso y entendible que ofrecer.
Y esto es lo que le hace falta a las alianzas o coaliciones que se están gestando para hacer un frente amplio y común para impedir que López Obrador y sus secuaces lleguen al poder (si es que logran acordar quien la encabezaría): un Proyecto de Nación claro, consensuado y de largo plazo, y no nada más unirse de manera temporal y convenenciera para ganar una elección y repartirse puestos para hacer con ellos lo que les venga en gana.
El ex Rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente lo dijo así: “Las coaliciones de gobierno, que no son (meras) alianzas electorales, son armar un programa conjunto de común acuerdo, que es el que se va a convertir en la opción ganadora y en el mecanismo que permita tener una mayoría estable durante los siguientes años, es un logro que la democracia mexicana no ha experimentado y que le vendría bien”.
Pero la preocupación del sector privado está centrada sólo en encontrar y apoyar a un candidato capaz de vencer a López Obrador, en cómo ganar la elección, no en un plan de gobierno ejecutable por cualquiera que resulte ganador. Creen que con sólo eligir un líder honesto, México cambiará para bien. Me apena decirles lo que al hablar de liderazgos tantas veces se ha dicho: Superman no existe.
Que aun si la persona que cada quien imagine como el Presidente ideal para México, el más honesto, el más inteligente, el más capaz llegara a ganar, si no hay una verdadera coalición en todos los niveles de gobierno y no hay un Proyecto de Nación transexenal que todo mundo apoye, a quien sea que asuma la Presidencia le será imposible gobernar y seguiremos como hasta ahora: sin rumbo y en luchas internas de poder y corrupción.
Lo importante es el Proyecto de Nación, no quien lo encabece. Veámonos los mexicanos como los dueños y pasajeros de una Nave llamada México que está a punto de partir. Antes de subirnos, lo que primero debemos saber o preguntarnos es a dónde vamos, no quién es el capitán.
En otras palabras, primero hay que definir el rumbo y luego elegir al piloto. Si lo hacemos al revés, corremos el riesgo de llegar a un destino indeseado.
En este sentido coincido plenamente con lo que hace unos días comentó Enrique Alfaro, Alcalde de Guadalajara, al decir que “la lógica de una simple alianza para participar en las elecciones (para Movimiento Ciudadano) está descartada. Si hay un acuerdo para gobernar y transformar el País, esa opción está en la mesa”.
La pregunta no es quién debe gobernar, sino para qué se quiere gobernar.
“Sin rumbo no hay destino”. Yo

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