Autoridad sin moral

Autoridad sin moral

Cuando la reportera de Univisión Jésica Zermeño cuestionó al Presidente por haber divulgado el número telefónico (dato personal) de la jefa de la corresponsalía de The New York Times en México (o "niu yor tain", como lo pronuncia el Presidente sin el menor esfuerzo por demostrar algo de cultura y nivel educativo, a pesar de su interés por cuidar la imagen y dignidad de la investidura presidencial) y luego de que éste considerara correcto lo que hizo y afirmar que inclusive lo volvería a hacer, la reportera perpleja por lo que acababa de escuchar le preguntó: "¿y qué hacemos con la Ley de Transparencia, señor Presidente?".

La respuesta que AMLO dio, "por encima de esa ley está la (mi) autoridad moral, la (mi) autoridad política", es inaudita e inconcebible en un mandatario del siglo XXI supuestamente demócrata.

Creer que se puede estar por encima de la ley es propio de reyes medievales, de dictadores locos o de personas que "han perdido el piso", expresión que se refiere a individuos que se comportan como divos, que ya no tienen puestos los pies en la tierra, que han perdido el sentido de la realidad.

El Presidente tiene una noción distorsionada de la democracia. Cree que los 30.1 millones de votos que lo llevaron al poder -y que, para información de todos, representan solo el 33.7% de los votantes registrados o el 23% de la población total- lo convierten en la "encarnación del pueblo", y por lo tanto, lo que él piense o decida debe ser cumplido al pie de la letra, sin cuestionamiento alguno, y sin ningún tipo de freno o consideración constitucional.

En su mente, el haber sido electo Presidente le adjudica el derecho divino de los reyes, doctrina basada en la idea de que la autoridad para gobernar proviene de la voluntad de la deidad del pueblo que gobierna, y no de ninguna autoridad temporal, ni siquiera de la voluntad de sus súbditos o de algún testamento, ley o Constitución política.

Si para AMLO la autoridad moral y política del presidente de México está por encima de cualquier ley, en caso de que su candidata llegue a ganar las próximas elecciones, los mexicanos no seremos ciudadanos con derechos basados en la Constitución, sino súbditos del reinado de Morena, con obligaciones de pagar impuestos y sujetos a los caprichos y designios de la Presidenta.

Tener autoridad moral es la consecuencia de haber actuado toda la vida de acuerdo con estándares de justicia y bondad reconocidos universalmente, cosa que ni AMLO ni su candidata Claudia, ni ninguno de sus cómplices y chapulines convenencieros de la política pueden presumir. Al contrario, prácticamente todos los que conforman la cúpula de Morena y del gobierno federal actual tienen una historia oscura, de contubernios, complicidades y enriquecimiento inexplicable, que lejos de ser ejemplos de vida a seguir, o de tener autoridad moral, lo que tienen es autoridad sin moral.

Los políticos marrulleros, los que en palabras del propio Presidente no hacen política sino politiquería, recurren al argumento de la "autoridad moral" solo para intentar ganar una discusión, presentándose a sí mismos como personas intachables, cuando nadie espontánea o desinteresadamente así los considera.

Nadie que sea auténticamente honesto, con comportamientos morales y éticos, respetuoso de las personas, de las leyes y de la Constitución tiene necesidad de presentarse a sí mismo como tal tipo de persona cada vez que asiste a algún foro.

Dos máximas o dichos populares caen en este caso como anillo al dedo al Presidente y a su candidata:
 
La máxima jurídica que se utiliza cuando una persona se excusa de algo que nadie le está acusando, con lo que se incrimina a sí misma y que dice:
 
"Excusatio non petita, accusatio manifesta" (explicación no pedida, culpabilidad manifiesta), y el dicho que dice: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces".

Por ello, en mi opinión, cada vez que el Presidente se refiere a sí mismo como alguien que no miente, no roba y no traiciona, se autoincrimina precisamente como un mentiroso, corrupto y traicionero, y cada vez que se atribuye todas las cualidades morales y éticas habidas y por haber, proyecta sus carencias, su pequeñez intelectual, sus ansias de reconocimiento y su adictiva necesidad de adulación, su autoridad sin moral.
 
"La adulación es el disfraz
de los enemigos".

Yo