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Ricardo Elias

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Altar de vivos

El pasado fin de semana fui a ver Coco, la película más vista en la historia cinematográfica de México, producida por Pixar y distribuida por Walt Disney Pictures.

Una película altamente estética que le da una dimensión humana y un porqué a la tradición mexicana de celebrar el Día de Muertos, y que a diferencia de otras culturas, muestra la importancia y el enorme valor que la familia tiene para los mexicanos.

La historia que obliga a los espectadores a preguntar por su estirpe, a recordar de dónde venimos y el lugar que tenemos en nuestras familias, es recreada en el colorido y sincrético mundo de las tradiciones mágico-religiosas de México. (Creo que la escultura “Sincretismo” que tanto revuelo ha causado en Guadalajara, deberíamos apodarla “Coco”, a ver si así sus opositores le dan valor humano y familiar a su significado y se les apaciguan sus demonios).

Por otro lado, me pareció políticamente oportuno el que esta película haya nacido de una sociedad caracterizada por el desapego familiar, y en momentos en los que las políticas antiinmigrantes de Trump y su disparatado muro fronterizo ponen de manifiesto la insensibilidad humana detrás de ellas, pues lo único que lograrían es romper los vínculos afectivos y solidarios de miles de familias mexicanas.

Al ver Coco se vuelve inevitable pensar en nuestros propios muertos, y estoy seguro que a los mas crédulos, les nació la urgencia de correr a casa a sacar fotos viejas de sus ancestros y ponerlas a la vista en algún improvisado altar, y de esa manera no sentirse culpables de la muerte “definitiva” de sus familiares difuntos, la cual según el argumento, se produce por el olvido. Supongo que los guionistas tomaron en cuenta la frase de Gabriel García Márquez que dice: “La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”.

Esta frase me parece importante para los vivos, por la manera como intentamos “resucitar” a los muertos físicamente y a los muertos por olvido y lo que supuestamente logramos con ello.

A los físicamente muertos se les “resucita” recordándolos, y para eso son precisamente los altares de muertos. Sin embargo lo único que los altares de muertos logran es presencias imaginarias y cierta sensación de paz y ayuda recíproca entre muertos y vivos, entre el más allá y el más acá, debido a la capacidad que los creyentes o supersticiosos (por algo son sinónimos) le atribuyen a los difuntos para incidir en nuestras vidas cotidianas, y a la capacidad que atribuyen a los vivos para ayudar a los muertos a transitar a una mejor vida.

En cambio a los vivos que han muerto por olvido se les resucita de otra manera: con la voz, con una mirada, con un abrazo o un beso (como de la Bella Durmiente) que rompe el hechizo de cualquier exilio.

Como yo no creo que hay “otra vida”, y mucho menos que mis ancestros están en algún lugar imaginario, viéndome o cuidándome; como yo no creo que si les hablo, les escribo cartas, les rezo o prendo velas frente a sus fotos les ayudaré a transitar a un mundo feliz, lo que pensé luego del mensaje esotérico del altar de muertos de Coco, es que debiéramos mejor hacer un altar de vivos.

Uno en el que celebremos y le demos más importancia a los familiares y amigos queridos que todavía están aquí, “vivos y coleando”.

Un altar a los que todavía escuchan lo que decimos, leen lo que escribimos, y sienten lo que hacemos; a los que todavía tienen carne, y que un día serán sólo huesos, y dedicarle el mismo tiempo, dinero y esfuerzo a organizar fiestas de vivos, que el que dedicamos a las fiestas de muertos.

Fiestas en las que en lugar de ponernos máscaras, nos las quitemos, para celebrar tal y como somos, con nuestras cualidades y defectos, a la familia y amigos vivos, y evitar ahora sí, de manera recíproca y efectiva, la muerte por olvido.

El texto de las invitaciones a las fiestas de vivos que organicemos para acercar o “revivir” familiares y amigos olvidados debiera ser la estrofa de la canción de Diego El Cigala que dice: “Se me olvidó que te olvidé / y como nunca te encontré entre las sombras escondida / la verdad no sé por qué se me olvidó que te olvidé / a mí que nada se me olvida”.

“¿Qué le dijo la tortillera al filósofo?: No hay masa ya”. Chiste popular

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