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Ricardo Elias

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Autocrítica honesta

En muchas ocasiones, las cosas malas enseñan e ilustran más que las buenas.

Y en ese sentido, por diferentes razones no fáciles de explicar, puedo decir que disfruto igual una buena película que una mala, un buen comediante que uno malo.

Lo que no soporto es nada en medio, lo mediocre, un chiste “regular”, alguien que canta “más o menos”, libros y películas que pretendiendo ser profundos y reveladores resultan tontos y primarios.

Así, cuando me topo con algo que promete ser realmente malo me adentro en ello. ¿Y qué es lo que veo? Si es un escrito, veo en él la motivación y creencias del autor; si es una película, veo el detalle de sus efectos y vestuarios artesanales, sus clichés y diálogos sin sentido; y si se trata de videos publicados en redes sociales, como los que muestran cursis y faraónicas fiestas pueblerinas de quince años, veo en ellos las aspiraciones y cultura de los protagonistas y trato de entender lo que piensan y sienten al ver cómo una quinceañera rodeada de chambelanes “profesionales”, con espadas y zapatos tenis, en un baile “mágico” es convertida de niña a mujer.

“¿Por qué te gusta ver eso?”, me preguntan, y mi respuesta parece igual de mala e incomprensible que aquello que estoy viendo: encuentro los malos ejemplos de cualquier cosa, tan reveladores y entretenidos como los buenos.

En ellos veo niveles educativos, sueños, aspiraciones, estilos y concepciones de vida; veo cómo tantas personas se emocionan, lloran o ríen con discursos, actuaciones y composiciones cursis y sin talento alguno; veo el estoicismo de un mal cómico que al incursionar en el difícil arte del “stand up comedy” sus rutinas en lugar de provocar risas provocan incómodos silencios; veo la incongruencia y torpeza de padres rancheros que con botas picudas y sombrero se ven obligados a bailar valses con coreografías ensayadas; veo los terribles momentos en los que el alcohol le da al anfitrión de una boda la voz y personalidad de Frank Sinatra, para adueñarse del micrófono y acabar con la fiesta entera.

Y al retorcerme en mi asiento viendo cómo sin la más mínima autocrítica se atreven a hacer lo que hacen, me invade un sentimiento extraño que va desde el azoro, hasta la pena ajena.

Pero los malos ejemplos no sólo tienen que ver con artes escénicas, sino también con actividades profesionales, empresariales y políticas, campos en los que es más difícil descifrar o detectar ineptitudes y causas de fracaso. ¿Por qué un restaurante en ocasiones mejor montado que otros no tiene éxito y otro sí? ¿Por qué en una calle los comercios ubicados en una acera son más exitosos que los de la otra? ¿Por qué le creemos más a unos mentirosos que a otros?

¿Será la orientación de un local, la calidad de productos, el precio, el carisma de los involucrados o una combinación de todo?

¿Será el “feng shui”, secretos profesionales y acciones perfectamente calculadas las causas de éxito, o simplemente situaciones indescifrables que concurren al azar, y que algunos llaman suerte?

Lo que quiero decir con esto es que ver cosas de pésima calidad -no por ser negativo, pesimista o mordaz, sino por un genuino interés científico, social o cultural- puede ser sumamente instructivo y revelador, además de entretenido.

En ello podemos encontrar causas de fracaso o éxito que normalmente no tomamos en cuenta, y explicaciones a la presión e inercia social que llevan a tantas personas a participar en conductas inconscientes u obsoletas.

Ver, entender y descifrar lo malo, lo equivocado, lo anacrónico y extraño, sirve para entender mejor el mundo en que vivimos, para cambiar tradiciones sociales sin sentido en nuestra época, y sobre todo para no repetir los errores y vergüenzas de otros. Podremos tener nuevos errores y nuevas vergüenzas, pero eso es más loable que repetir los mismos al actuar como borregos.

No tiene nada de malo ser desentonado, ser malo para contar chistes o neófito en los negocios, lo malo es no reconocerlo y andar por la vida sin observar y sin la más mínima autocrítica, intentando hacer carreras exitosas basadas en debilidades, en lugar de en fortalezas.

“La autocrítica más honesta es el suicidio”. Yo

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